Nunca tuve la intención de dedicarme a trabajar con adolescentes. Cuando me imaginaba mi futuro al escoger profesión, daba por hecho que la educación de adultos sería mi vida. Podía verme en comunidades indígenas alfabetizando o en grandes empresas en el área de Recursos Humanos. El día que me contrataron en esta secundaria pensé que sería un puesto temporal en el que me quedaría por un máximo de dos años. No hubiera predicho que me quedaría por quince, ni que este tiempo me cambiaría tan drásticamente.
Creo firmemente que en la vida no hay casualidades, aunque en repetidas ocasiones haya tenido la idea de que era el momento de dejar esta etapa, al imaginarme trabajando con personas de otra edad, me he detenido a reconsiderar. Lo más importante que he aprendido al trabajar con jóvenes es que en realidad la más beneficiada he sido yo, pues me he tenido que enfrentar a mis limitaciones todo el tiempo, en contra de la resistencia al cambio que es parte de mi personalidad. He tenido los mejores maestros en mis alumnos, a través de tantos años sigo aprendiendo lecciones a las que me he resistido, algunas han sido y siguen siendo clases muy difíciles y hasta dolorosas, pero en muchas experiencias me han recordado la alegría de simplemente disfrutar el momento y de realizar actividades divertidas que no pude o no supe realizar cuando yo viví la etapa por la que ellos están pasando.
Mis alumnos siempre han tenido una capacidad extraordinaria para reflejar en sus ojos una exigencia de honestidad y coherencia. Desde el principio me di cuenta de que la única manera de cumplir con este trabajo era con una actitud consistente, que no podía darme el lujo de ser pusilánime, a pesar de las mariposas que incluso ahora sigo experimentando cuando me enfrento a situaciones recurrentes en las que debo mantener mi palabra. Lamentablemente he de reconocer que todavía no tengo muy claro cuándo puedo ser flexible y cuándo es necesaria una actitud firme. Sin embargo, sigo creyendo que es mejor la segunda opción. En todos estos años me he dado cuenta de que no me piden ser su amiga, sino su maestra. Casi podría afirmar que ellos son los que me demandan los límites muy claros y el cumplimiento de las consecuencias prometidas.
A mis alumnos actuales les parece que mi nivel de exigencia y la cantidad de trabajo es inmensa, pero cuando me he encontrado con personas que estuvieron en mis clases los primeros años, me cuestionan que ya no sea tan estricta como al principio. La verdad es que yo he intentado ser más flexible, y lo que esperan los jóvenes de hoy es ligeramente diferente a lo que aceptaban otras generaciones. Ni hablar que esto me obliga a poner mis planeaciones en otra perspectiva.
He aprendido un rasgo muy peculiar y contradictorio: en casi todas las circunstancias mis alumnos pueden ser mucho más exigentes consigo mismos si les pido que se autoevalúen o que califiquen a sus compañeros. Lo irónico es que para ellos esta exigencia es un reto frente a la inmensa solidaridad que existe en sus grupos, casi sin excepción. Tienen un código de amistad que les pone el conflicto de decidir qué es lo mejor en ese momento determinado, podría decir que les cuesta mucho separar sus sentimientos de la realidad de los hechos, pero lo mayor parte de las veces, si les pregunto de manera individual, reconocen lo que a cada quien le corresponde.
Por otro lado, si ellos creen que se ha tratado de forma injusta a algún miembro del grupo, cierran filas para protegerse. Se puede sentir la barrera que colocan hasta que suceda alguna situación que restaure su confianza. He confirmado repetidamente el enorme sentido de la permanencia al grupo. Nunca como en esta etapa la aceptación y la amistad son más esenciales. Algunos de ellos me han enseñado cómo responden siempre por un amigo y algo más importante, que no importan los criterios con los que los adultos etiquetamos a nuestros estudiantes, entre ellos el nivel de inteligencia, la educación y la apariencia pueden no ser los factores que les hagan decidir con quién juntarse o a quién rechazar. No son unos ángeles, pero tampoco son unos macuarros cristaleros.
He visto que el estar rodeada de gente joven es el mejor remedio para superar el desánimo que se desarrolla con la edad. Es cierto que he tenido grupos apáticos, pero siempre ha habido algún alumno interesado por escuchar en todos los ciclos, que me ha motivado a mí a aprender aun más. Aparte de que ha habido proyectos que han animado hasta al más reacio. Me he sentido profundamente piripitifláutica al percibir las expresiones de satisfacción en sus caras cuando hemos hecho alguna visita a los asilos, sin importar si lo que les hemos llevado a los ancianos sean cobijas, bufandas, galletas o simplemente canciones; cuando hemos recibido los libros de cuentos y poemas para los que hemos trabajado y corregido innumerables veces en clase; cuando abrimos el calendario, los rompecabezas o las revistas sobre los Derechos Humanos, pero más aún cuando en sus investigaciones han descubierto que hay muchas situaciones injustas que corregir y por las cuales trabajar. Creo que es especialmente con los jóvenes con los que podemos experimentar esta entrega tan desinteresada y el entusiasmo de hacer lo que en verdad vale la pena contra todas las oligarquías que nos limitan.
De todos los proyectos llevados a cabo, el que recuerdo con más gusto fue una velada literaria sobre la muerte. Todos los muchachos se vistieron de negro y leyeron los párrafos escogidos sobre este tema de los cuentos del “Llano en Llamas” de Juan Rulfo a la luz de las velas. Buscamos música tétrica que no se asemejaba nada al canto de un colibrí y un alumno compuso unos fragmentos para tocar en el teclado. Cada vez que recuerdo esa noche, me viene una sonrisa a la cara, hasta tuvimos luna llena sin haberlo planeado así. Fue tan especial que no he querido repetirlo, para no quemarlo en el recuerdo.
A través de los años he tenido algunos alumnos brillantes que me han hecho pensar y reevaluar mis creencias. Lo mejor de mi materia es que gracias a los ensayos que escriben, llego a conocer su manera especial de interpretar el mundo. Esto sucede a través de las lecturas que hacemos y de los temas que desarrollamos en las tareas. Muchos se han sorprendido a sí mismos después de completar lo asignado con reflexiones que no hubieran hecho si no hubieran tenido que escribir. La sensibilidad y la capacidad para evaluar lo que hemos hecho los adultos pueden ser muy precisas y exactas. Los cuestionamientos que se hacen son tan válidos, que sus inquietudes me mueven a mí a tratar de encontrar una respuesta positiva a lo que a todos nos preocupa. Veo una mezcla constante de sabiduría e inocencia.
Dar clases de lengua me ha llevado a ver todo lo que vivo de otra manera. Constantemente estoy buscando temas para plantear en clase. Si encuentro una noticia en el periódico de la que toda la gente que me rodea está hablando, si escucho una canción que me deja pensando, si leo una frase célebre en un libro que me haga reflexionar o si veo un programa de televisión que me intrigue de alguna manera, me pongo a buscar la forma de planteárselo a mis alumnos para que me digan su opinión. Han sido muchas las veces que me han sorprendido porque me han hecho ver aspectos que había pasado por alto.
En una ocasión les dejé contestar a varios grupos si ellos creían que el amor es una ilusión, una atracción física, un sentimiento, una decisión o un arte. En esa reflexión una alumna de dieciséis años escribió que no es tan grande la necesidad de encontrar quién nos ame, ni tampoco lo más importante, sino que en realidad, la necesidad que todos debemos satisfacer es tener a quien amar para poder darnos. Esa ha sido una de las lecciones más profundas que me han enseñado. Además de que volví a confirmar que para muchos jóvenes escribir es una manera extraordinaria de expresar todo lo que traen en su interior
Esta etapa verdaderamente es crítica. También veo muchas ganas de seguir jugando y de seguir viendo al mundo como un lugar seguro. Algunos aparentan ser muy fuertes y duros, pero en su mirada a veces percibo todo lo contrario. Les desconcierta mucho el cambio de actitud que tengo en los campamentos o en las salidas con relación a lo que pasa en el salón durante las clases. Varias ocasiones me han cuestionado o les ha parecido una hipocresía de mi parte. Les lleva años darse cuenta de que a la hora del trabajo hay que hacerlo y a la hora de relajarse, también es válido.
Con el tiempo he llegado a agradecer una enorme ventaja de mi labor. Verlos crecer y cambiar ha sido un privilegio. Me gustaba mucho cuando los recibía en primero de secundaria (año 8) y los acompañaba hasta tercero de preparatoria (año 13). La manera como han aumentado los grupos me ha forzado a verlos un año más tarde y, quizá en un futuro sólo los vea los cuatro últimos ciclos de su educación media. Sigue siendo un aliciente muy importante presenciar la transformación que experimentan no sólo sus cuerpos, sino también sus mentes y sus emociones. He llegado a la conclusión de que yo tan sólo les enseño la forma para expresarse, pero todo el contenido y el fondo esencial de sus trabajos lo traen cada uno de ellos.
Mis alumnos me han movido al enojo, pero también a la ternura. En estos años ha sido inevitable vivir con ellos algunas pérdidas irreparables. Me sigue forzando a poner todo lo que me pasa desde un punto de vista más centrado cuando recuerdo situaciones que nos cambiaron a todos. Una de ellas fue vivir durante años los problemas de salud de un joven quien terminó perdiendo una pierna. Antes de que esto fuera necesario, en muchas clases se tuvo que salir con su pie sangrando. Lo vimos sufrir con una dignidad absoluta. Jamás lo oímos quejarse y cuando regresó a clases, muchas veces aventó su prótesis sin la menor contemplación para meterse a nadar y jugar en la alberca con todos sus amigos, si estábamos de campamento o vimos el aparato salir volando mientras jugaba futbol.
Recientemente estuve sin proponérmelo en la entrega del título profesional de otro exalumno quien sufrió un accidente que le desfiguró el rostro y las manos por una explosión en el horno del negocio familiar. Esa fue otra historia que me conmovió profundamente, por lo que ver la inmensa alegría que tenía su cara cuando estaba en la fila de graduados fue un gusto enorme. Todos ellos me han enseñado a no perder la ilusión de vivir intensamente, sin importar las condiciones, a superar los traumas y los complejos.
Con mis alumnos también he aprendido a reírme más. Ha habido trabajos con los que me he divertido muchísimo por el giro que presentan sus historias. Tienen un sentido del humor excelente, algunos captan la ironía de nuestra vida de manera genial. Lo único que cambiaría de estos quince años, si me preguntaran, sería que me hubiera gustado guardar los mejores ensayos e historias escritos por ellos. No se me ocurrió que eso hubiera podido ser en verdad la obra póstuma de mi vida.
Gracias a la perspectiva que da el tiempo, ahora sé que puede parecer que es demasiada la exigencia, que la actitud de los alumnos puede ser muy negativa hacia algunas tareas, pero raro es el ciclo escolar en el que no regrese alguien para agradecer lo aprendido. Así que mis estudiantes me han enseñado a ser paciente y a no tomar muy en serio su resistencia a aprender o a trabajar. Casi podría decir que he desarrollado un principio que podríamos atribuirlo al historicismo, esto es que al verse repetida la misma historia todos los años, se ha convertido en un aliciente muy grande para mi paz mental. Gracias a esta experiencia he podido seguir con mis clases a pesar del enojo de algunos alumnos o de la agresión de un grupo. He tenido que aprender a no enfrascarme en situaciones que no son productivas, ni para ellos ni para mí. Aunque debo confesar que después de algunas entrevistas he estado tentada a convertirme en anacoreta y recluirme por años en un sitio alejado y remoto. Ha sido difícil equilibrar el respeto y agradecimiento de unos con el resentimiento y la antipatía de otros. Entre lo que se van diciendo que les he abierto muchas puertas y los he inspirado en mis clases, también se van los que me han dicho que no les alcanzarían ni dos horas para manifestar toda su aversión. Estos sentimientos tan encontrados me han llevado a replantear todo el tiempo las razones por las que sigo trabajando con adolescentes, si se tratara de buscar reconocimiento definitivamente estoy en la profesión equivocada.
No puedo dejar de pedirles que den lo mejor de sí mismos, ni puedo dejar de enojarme cuando veo que desaprovechan su capacidad. Quisiera aprender la lección de no tomarlo de manera tan personal, todavía me falta aprender de ellos a involucrarme en su desarrollo sin ocasionarles tanto rechazo. Quizá lo positivo es que al conocer cada ciclo a los nuevos niños que me tocan, se renueva la importancia de seguir trabajando en ellos para que tomen conciencia de qué es lo que piensan y cómo lo expresan.
Han pasado quince años y lo más gracioso es que para mí todos los alumnos durante este periodo se han quedado en mi recuerdo tal como han sido en la etapa de la adolescencia. Hace unos meses escuché a alguien en mis clases referirse a uno de mis exalumnos como si fuera un “señor” y mi extrañeza fue considerable. Fue muy raro el comentario porque en mi memoria seguía viendo a ese “señor” como cuando tenía catorce y no treinta y dos años. Supongo que es una protección de mi subconsciencia, pero es así como me gusta recordarlos. Mucha gente me ha cuestionado que siga siendo maestra de secundaria, mis conocidos esperaban que mi ambición estuviera en un nivel más superior. Me han dicho que he desperdiciado mi capacidad, que ya es hora de que me dedique a otro aspecto de mi profesión más reconocido y yo sigo creyendo que estos han sido definitivamente unos años muy valiosos en mi desarrollo como ser humano. Todavía tengo mucho que aprender y muchos maestros muy dispuestos a enseñarme.